La implicación emocional frente a los problemas

Desde MA Psicólogos, especialistas en niños, adolescentes y adultos, vamos a hablar de la importancia de una buena implicación emocional a la hora de abordar situaciones problemáticas.

Estamos continuamente viviendo distintos tipos de situaciones difíciles, que requieren tomar decisiones y enfrentarse a ellas con el objetivo de subsanar y resolver los problemas. Algunos de ellos, son cotidianos, y de alguna manera forman parte de nuestras vidas, estando dentro de lo que conocemos como “zona de confort”. No siendo algo agradable, estamos acostumbrados a ello, bien sea un atasco, una discusión de pareja, un retraso de un cliente… Evidentemente, cuanto mejor encaremos estas circunstancias, mejor podremos resolverlas, siendo clave nuestra actitud.

Pero no sólo nos enfrentamos a ese tipo de “problemas menores”, sino que también tenemos que hacerlo con situaciones más complicadas, y que en ocasiones nos hacen dudar o generan ansiedad y estrés. Este tipo de situaciones, exigen algo más, ya que su dificultad hace que nos tengamos que esforzar de un modo más importante y a la vez tomar decisiones más comprometidas. De alguna manera, podemos decir que el “gasto emocional” es superior, y que nos cuesta sentirnos cómodos en este tipo de ocasiones.

El gasto emocional

Uno de los problemas mayores de este tipo de situaciones es que al ser más complicados, no se resuelven tan rápidamente como los cotidianos, pudiendo enquistarse y generando situaciones difíciles a más largo plazo. Una de las consecuencias que se derivan de esto, es que nuestro “gasto emocional” también se va a prolongar, pudiendo derivar en cansancio. Este cansancio, unido a todo lo anterior, nos puede llevar al hartazgo y al abandono del afrontamiento del problema. Un ejemplo podría ser el de unos padres, que tienen una situación complicada con su hijo adolescente, que tiene problemas en los estudios, en su comportamiento, en el consumo de drogas…  Es más que entendible que una situación como esa, conlleva enfrentarse a ella con el objetivo de salir de la misma. Pero lo que está claro igualmente es que a lo largo de ese proceso, nuestra actitud, moral y motivación, pueden sufrir cambios, sobre todo cuando no se ven objetivos cumplidos o mejoras.

Es ahí, donde nuestra implicación emocional no debe flaquear. El objetivo es lo suficientemente potente como para motivarnos a trabajar en su consecución por más que no veamos resultados en un primer momento. Está más que claro, que es mucho más sencillo echarse a un lado, y dejar de implicarse. Tan sencillo como que mientras nos estamos esforzando en todo esto, estaremos sufriendo al mismo tiempo. Es mucho más fácil no decirle a nuestro hijo lo que hace mal, o cuáles son sus obligaciones a tener una posible discusión o momento tenso por hacerlo. En el fondo… ¿qué es lo correcto?  Lo correcto, en este ejemplo y en la mayoría de situaciones es implicarse en aquellas causas que lo merecen, realizar un “gasto emocional” y luchar por resolver estas problemáticas. Debemos hacerlo cada vez que ocurra, por más que en ocasiones no sea lo que más nos apetezca. De este modo no tendremos asuntos sin resolver, cosas que sigan haciéndonos daño. Estaremos listos para enfrentarnos a cada situación que surja, y eso hará que todo lo anterior nos ayude a aprender de nuestras experiencias pasadas.

Implicarse emocionalmente desgasta, pero también reconforta. Reconforta saber que hicimos lo adecuado y que buscamos la mejor salida en cada situación por más que costase esfuerzo y sacrificio. ¿Te atreves a intentarlo?

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