¿Qué aspectos te lastran en tu día a día?

Desde MA Psicólogos, especialistas en niños, adolescentes y adultos, vamos a hablar sobre cómo superar situaciones que nos lastran.

A lo largo de nuestras vidas no todas las situaciones son agradables. Algunas de estas circunstancias se cronifican y terminan por convertirse en nuestro día a día muy a nuestro pesar. Primero de todo debemos ver si podemos hacer algo al respecto, esto es, si tenemos poder de acción real para cambiar la situación. Si no es posible, tendremos que trabajar otros aspectos, ligados a la aceptación o fijación de objetivos, pero si podemos hacer algo, es el momento de pasar a la acción.

Este tipo de situaciones pasan de ser un fastidio en los primeros momentos, a ser parte de “la normalidad” con el tiempo. Así pues pasan a ser parte de nuestra zona de confort. Bien sean las riñas del jefe, discusiones con nuestra pareja o familiares o estar en un atasco, si este tipo de circunstancias se convierten en lo habitual, terminamos por entenderlas de ese modo. El problema es que están lastrando nuestras vidas. Son una especie de peso con el que tenemos que cargar. En ocasiones arrastramos un peso pequeño, pero en otras, no nos deja avanzar debido a su gran tonelaje.

El primer paso es reflexionar en este sentido, es decir, ser conscientes de que no estamos teniendo el bienestar deseado, entender que no estamos contentos con esto. No se trata de abogar por una dictadura del bienestar, sino más bien por darnos cuenta que podemos cambiar ciertas cosas para bien. Sobre todo, cuando este tipo de momentos vitales están minando nuestra autoestima, estado de ánimo, sociabilidad… Ante los problemas, tenemos reacciones emocionales. Que se cronifiquen los problemas no quiere decir que no dejemos de no estar mal. Así pues, el siguiente paso tiene que ver con enfrentarse a esa situación. No es tan fácil como enfrentarse sin más, sería muy positivo anticiparse de forma cognitiva, visualizando qué hacer, qué decir… Tenemos que trabajar en saber a qué nos enfrentamos y cómo mostrar nuestra opinión y sentimientos en la circunstancia que nos ocupa. A partir de ahí, llevarlo a la práctica. En el fondo, esto se traduce en entender qué sentimos (nuestras emociones), ver que no van en la línea deseada (aceptar, parte cognitiva) y trabajar desde ahí para llegar a la acción adecuada (parte conductual).

No somos robots, evidentemente tenemos emociones, y debemos disfrutar de las positivas todo lo que podamos. Pero también debemos enfrentarnos a las negativas para no cronificarnos en ellas y salir adelante. El paso es pasar de centrarse en el problema a centrarse en las soluciones. Si somos conscientes de esto, y de nuestras virtudes y defectos, tendremos los ingredientes necesarios para enfocar adecuadamente este tipo de problemas. Un ejemplo sería haberse acostumbrado a que nuestro superior nos machaque día tras día… terminando por estar mal emocionalmente a todos los niveles (no sólo en el trabajo). No podemos controlar la conducta de ese superior, pero sí la nuestra, y la importancia que le demos a esa situación. Teniendo en cuenta esto, debemos enfrentarnos a la situación, valorando los riesgos, los pros y los contras. Se trata de trabajar en uno mismo y en cómo enfrenarnos a las distintas situaciones, en el qué queremos proyectar a los demás. No es algo sencillo, pero romperá esa aparente “normalidad” de algo que en realidad debería de ser excepcional. Es el comienzo para que esa circunstancia siga lastrándonos para siempre. La valentía es el ingrediente extra necesario para salir de estas situaciones. ¿Te atreves a intentarlo?

Deja un comentario

veinte − tres =