Patrones en relaciones de pareja que no nos funcionan

Desde MA Psicólogos, especialistas en niños, adolescentes y adultos vamos a hablar sobre la repetición de ciertos patrones como parejas aunque seamos conocedores de su potencial fracaso.

Es bastante frecuente que una persona se encuentre repitiendo un patrón de pareja que racionalmente sabe que no le conviene, pero hacia el que continúa sintiendo una fuerte atracción. Esto puede resultar desconcertante: “sé que este tipo de persona no me hace bien, pero me sigue atrayendo”. Desde la psicología, la explicación suele estar en que la atracción y la elección de pareja no dependen únicamente de lo que sabemos conscientemente que nos conviene.

Una de las razones puede estar relacionada con la familiaridad. Tendemos a sentirnos atraídos por dinámicas que nos resultan conocidas, incluso cuando no han sido especialmente saludables para nosotros. Si una persona ha aprendido a relacionarse con determinados patrones afectivos —por ejemplo, personas emocionalmente distantes, impredecibles, muy exigentes o poco disponibles— puede experimentar cierta familiaridad ante esas dinámicas. Y lo familiar puede confundirse fácilmente con lo atractivo o incluso con lo que entendemos por “amor”.

También puede existir una tendencia a repetir situaciones emocionales pendientes. A veces buscamos inconscientemente relaciones que nos permitan conseguir aquello que anteriormente no conseguimos: sentirnos elegidos por alguien distante, recibir reconocimiento de una persona muy crítica o conseguir estabilidad de alguien que inicialmente se muestra imprevisible. En estos casos, la relación puede convertirse en una especie de desafío personal: “esta vez conseguiré que funcione”. El problema es que la pareja deja de ser únicamente un vínculo y se convierte en un intento de reparar una experiencia anterior.

Otro factor importante es la confusión entre intensidad y compatibilidad. Las relaciones caracterizadas por incertidumbre, altibajos, tensión o una fuerte química pueden generar emociones muy intensas. Esa intensidad puede interpretarse como pasión o como una conexión excepcional. Sin embargo, sentir mucho no significa necesariamente que exista una buena compatibilidad. Una relación estable puede resultar inicialmente menos estimulante para alguien acostumbrado a experimentar el afecto desde la incertidumbre.

Aquí también intervienen los mecanismos de refuerzo intermitente. Cuando una persona alterna momentos de cercanía con momentos de distancia, atención con indiferencia o afecto con rechazo, la incertidumbre puede aumentar nuestra implicación. El hecho de no saber cuándo recibiremos afecto puede hacer que lo valoremos todavía más. Es un mecanismo conocido en psicología del aprendizaje: las recompensas impredecibles pueden generar una conducta de búsqueda especialmente persistente.

A esto se añade la idealización. Cuando alguien nos atrae mucho, podemos centrarnos en sus cualidades potenciales y minimizar aquellos aspectos que objetivamente no encajan con nosotros. Pensamos en cómo podría ser la relación si la otra persona cambiara determinadas conductas, si superara sus dificultades o si finalmente se comprometiera. De esta manera, no siempre nos vinculamos con la persona que tenemos delante, sino también con la persona que imaginamos que podría llegar a ser.

Otro elemento es la autoestima y las creencias sobre lo que merecemos. Si una persona ha interiorizado que debe esforzarse mucho para conseguir amor, puede interpretar la dificultad como una característica normal de las relaciones. Puede pensar que tiene que demostrar constantemente su valor para ser elegida. En cambio, cuando aparece alguien emocionalmente disponible y que muestra interés de manera clara, puede experimentar menos excitación porque no existe ese desafío.

También pueden influir nuestras creencias sobre el amor. Ideas como “si hay amor todo se puede superar”, “las relaciones requieren sufrir”, “los polos opuestos se atraen” o “si realmente le importo, acabará cambiando” pueden llevarnos a permanecer en relaciones que objetivamente no satisfacen nuestras necesidades. Estas creencias funcionan como filtros que modifican la interpretación que hacemos de la relación.

Por eso resulta interesante cambiar la pregunta de “¿por qué me atrae esta persona?” por otra más amplia: “¿qué dinámica se activa en mí cuando estoy con este tipo de persona?”. Quizá no nos atraiga únicamente su personalidad, sino lo que sentimos cuando intentamos conseguir su atención, cuando tenemos que demostrar nuestro valor o cuando finalmente recibimos el afecto que estábamos esperando.

La clave está en aprender a diferenciar atracción, familiaridad y compatibilidad. Que alguien nos genere una enorme atracción no significa que pueda ofrecernos la relación que necesitamos. Y que una persona sea estable, disponible y respetuosa no significa necesariamente que tengamos que sentir una conexión romántica con ella. Se trata de observar nuestros patrones sin juzgarnos y empezar a preguntarnos no solamente “¿quién me gusta?”, sino también “¿con quién puedo construir el tipo de relación que quiero?”.

En definitiva, no siempre elegimos desde lo que sabemos que nos conviene; muchas veces elegimos desde lo que conocemos, lo que deseamos, lo que necesitamos reparar o aquello que activa emocionalmente nuestras heridas y expectativas. Reconocer estos patrones no implica dejar de sentir atracción por determinados perfiles de un día para otro. Significa empezar a introducir conciencia entre el impulso y la decisión. Y precisamente ahí aparece la posibilidad de elegir de una manera diferente.

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